A todos nos alimenta la muerte. Desde una seta hasta un pollo son víctimas del sacrificio que nutre al humano. Aunque la empatía nos haga olvidar, y nos incline al pesar según el nivel de semejanza, doliendo más una liebre que una papa, recordemos que el pato a su vez come insectos, y los insectos otros insectos. Y que aquellos comen la lechuga que acompaña al pato en nuestro plato.
En la puesta en escena de algo que mezcla picnic, brasa, cueva, armas de cacería y restos animales, Nicolás Wills expone la relación entre el humano y su alimento. El humor en la acción de sacrificar a sus presas de cerámica (que más que oponerse, nacen), de alguna forma extraña y redundante, recuerda al hombre que sale del barro, y a la mujer que sale de su costilla, solamente para morir de nuevo a voluntad de su creador, como el mismo artista lo reconoce.
Es gracioso, además de su paradoja de creador-destructor, pues a estas alturas pocos sabemos en la ciudad cómo se ve un animal recién sacrificado. Compramos la presa en bandejas de poliuretano expandido, vamos al supermercado y elegimos un pedazo informe, refrigerado, segmentado y pálido. Riéndonos a ciegas de un chiste que el artista sí conoce bien por sus ancestros cazadores de la sabana bogotana, y por su crianza en el campo.
Tal vez por un proceso industrial, por lo masivo, por la virtualización de la vida, en las ciudades hemos puesto a la muerte en un recinto. Puede ser un intento por olvidar, aunque sea en la comida, esa compañía permanente, que hace apariciones protagónicas a lo largo de la vida, hasta padecer -o dejar de padecer- la definitiva.
La muerte tiene muchas ramas -aunque todas igual de contundentes-, la que tiene el propósito de continuar otra vida es la expuesta en ‘Matar el hambre’, acorralando el absurdo inevitable de la transformación de una misma energía, pues la vida y la muerte (si es que son dos cosas diferentes), son fuerzas imparables que se abren paso a pesar de cualquier intento de esterilidad.
- Andrea Domínguez Ramírez
