
Una gran estructura flota detrás de muchas capas delgadas de color. Es abierta, algunas veces también se separa del suelo. Sin gravedad pero con luz, una luz directa que muestra en sombras concretas su robustez. ¿Es una ruina? Parece que llevara mucho tiempo allí, y que dentro de ella, en ese interior difuso, hubiese un espacio donde el tiempo va más lento.
Habiéndose formado en ingeniería, ciencias y artes, desde que Jaime Franco comenzó su exploración plástica en 1987, se interesó por la arquitectura. Dibuja y modela estructuras que lo acompañan en su memoria, para llevarlas después a sus pinturas, casi siempre de gran formato. Con frecuencia las repite, desdibujándolas entre capas de óleos.
Estos espacios -portales tal vez- guardan en sus superficies dos o más fuerzas. La simetría, las líneas precisas del dibujo técnico, la interpretación isométrica, conviven con finas veladuras aplicadas gestualmente, que, en suma, proponen la pregunta de si el lienzo es el muro de una ciudad o el vestigio de una estructura centenaria.
Las obras reunidas aquí, producidas entre el 2019 y el 2026, recuerdan al torii, un elemento de la arquitectura sintoísta que marca la entrada a un lugar sagrado, una puerta donde se une el mundo material con el mundo espiritual. Normalmente el torii es un pórtico de madera rojo carmín suelto en el espacio, como una puerta sin edificio que indica el comienzo del templo.
Las estructuras de Jaime Franco se asemejan al estilo brutalista del siglo XX con el pliegue de las formas y la materialidad sugerida del concreto. También recuerdan a la ciudad industrial por la repetición insistente de un tipo. Sin embargo, en el encuentro de las fuerzas entre la contención de la técnica y la soltura del gesto, invitan a buscar el límite de la forma, ese vacío donde se abren espacios intermedios, difusos, y contundentes de contemplación.
Con sus pinturas, nos recuerda que repetir es volver a crear, y que insistir en una forma y un proceso llevan a un conocimiento profundo de estos.






