
La casa despierta en la noche. Los techos de madera crujen. Los ladrillos emanan el calor del sol. Las paredes susurran las palabras guardadas durante el día. Los segundos. Las décadas. La casa guarda un ciclo en espiral creciente, alimentado por la repetición y la acumulación de los pasos.
Escuchando el habitar que se vuelve historia que se vuelve palabra insistente que se vuelve ruido, Juliana Correa reconstruye las conversaciones sin retorno de la soledad. Sobre objetos domesticados compone y rompe la escritura con la misma reiteración de la crianza jerárquica y obediente.
Desde la reescritura pictórica, bordada, deshecha, cortada, diluye una presencia. La vuelve textura de palimpsesto, la desdibuja con las capas de sí misma. Eso que sentimos como vacío ¿no es acaso la prueba del espacio que ocupa el otro en el hogar, en nosotros?
Hace casi una década -si fuera posible marcar un principio en estos procesos- las piezas de la artista, que alguna vez fueron hechas para vestir un cuerpo, empezaron a reclamar el espacio. En ‘Ausencias’, regresan a un cuerpo, pero a ser un cuerpo en sí mismas, plegándose, enrollándose, con puntadas precisas para dar volumen y con la consciencia de su naturaleza material.
Ahora, las sábanas, las fundas, los pañuelos, los sacudidores, los vestigios de vestidos, las almohadas, se instalaron en el espacio, desprendidas de los objetos tridimensionales que usualmente las sostienen. Formaron una especie de casa textil fragmentada donde habitan todas las palabras. Tomaron una proporción arquitectónica donde vuelven a vivir todos los cuerpos que alguna vez moraron ahí. Donde está la información de todas las historias de un hogar al alcance de los sentidos más sutiles. Para no repetirlas, tal vez. Ojalá. Pero también para iluminar los tiempos simples que ahora parecen ficticios, pero que de ninguna manera son imposibles.
- Andrea Domínguez Ramírez
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