
La artista, perteneciente a los ‘Once de Medellín’, es una figura emblemática del arte antioqueño, participó de los eventos culturales que transformaron la ciudad en las décadas de los sesenta y setenta, en una época en que Débora Arango estaba retirada y Dora Ramírez representaba a una generación anterior. Cercana al grupo congregado en torno a Alberto Sierra, mantuvo un enfoque particularmente femenino. Elaborando una narrativa emocional propia, la caracteriza su repertorio imaginario (Rousseau, el barroco, la producción industrial textil, la antigüedad greco-romana, el tigre como signo). En las obras propuestas, se manifiesta su visión de un mundo onírico, mágico y personal. Ella elude la lectura literal de su obra, donde ironía y humor hacen su entrada junto a una reserva que mantiene abierta sus posibles interpretaciones.
